11 de julio de 2010 79 visitas
El albergue nocturno del convento de San Francisco, el albergue Juan XXIII, lleva casi cuarenta años evitando que muchas personas pasen la noche a la intemperie. En la actualidad, más de cien transeúntes hacen uso de él cada mes.
El servicio, totalmente gratuito, es integral. No consiste únicamente en ofrecer un techo, sino en lograr que quien pase la noche allí tenga la conciencia de hogar, que esté a gusto. El albergue pone a su disposición cama, ducha, servicio de ropero (limpieza y planchado de sus ropas, así como reparto de prendas nuevas) y alimentos. Pueden pasar hasta siete noches seguidas en el albergue. Después deben dejar su sitio para que otra persona que también lo necesita disfrute de él.
La novedad de este año es el hogar de día, que desde enero ofrece la posibilidad de resguardarse de la lluvia o el frío y tomar un café con leche caliente. El perfil de los usuarios de este centro es más habitual que el del albergue nocturno. Es gente de la ciudad que más o menos pasa todos los días por este servicio. Pero este hogar no es solo un espacio donde refugiarse, sino una plataforma de acción.
El programa Juntos Podemos nace de la calle y responde al sencillo mecanismo acción-reacción. «Vimos que en la calle había una necesidad y la cubrimos», con esta humildad explica Paco Castro, el guardián del convento franciscano, el nacimiento de un programa de voluntariado en el que se incluye el hogar de día. El nombre responde al concepto de que entre todos podemos conseguir hacer algo por los demás. Y este sueño tan platónico se hace cada día más y más tangible en el albergue. Los responsables del centro están muy gratamente sorprendidos de como van funcionando las cosas.
La telaraña de contactos y voluntarios que se involucran crece cada día. El hogar pone a disposición de sus usuarios un domicilio que poder ofrecer cuando van a pedir un trabajo. Dentistas, médicos, enfermeras y podólogos prestan sus servicios gratuitamente y de forma prioritaria a quienes más lo necesitan. Una peluquera invierte un par de horas semanales de su tiempo para acicalar a quien lo pida para facilitar la inserción en el mercado laboral y ayudar a levantar la autoestima. Una asistente social les informa sobre sus derechos. En seis meses de plena crisis ya han conseguido diez puestos de trabajo.
