29 de diciembre de 2007 506 visitas
El cada vez menos numeroso colectivo de indigentes, engordado durante los últimos meses con la llegada de inmigrantes en situaciones más que precarias, recorre desde la desaparición del poblado de La Esperanza, en el barrio de Pajarillos, viejos edificios y fábricas diseminados por toda la ciudad para apartarse de los ojos de una sociedad que prefiere mirar a otro lado. Son la cara B de una flamante capital del Pisuerga aquejada de un urbanismo voraz cuyas nuevas colmenas de modernas viviendas ensombrecen, hasta hacerlas desaparecer, las miserias de sus entrañas.
Viejos símbolos de la incipientes industrialización de la capital a principios del siglo pasado, construcciones ferroviarias abandonadas a su suerte, antiguos chalés de lujo y, ahora, cuarteles centenarios supuestamente protegidos por su aparente valor histórico-artístico. Todo vale cuando lo que se busca es guarecerse del frío, o al menos intentarlo, para pasar las noches o consumir la ración diaria de cocaína esnifada.
Los tiempos han cambiado y lejos quedan las jeringuillas y agujas tiradas por docenas en los alrededores del supermercado de la droga que abasteció el noroeste español entre los años 1978 y el 2003 en la parte alta de Pajarillos. Los recortes de papel de aluminio sustituyen en estos tiempos a aquellas fuentes infinitas de contagio de enfermedades e identifican sin lugar a dudas la evolución de los antiguos ’picaderos’ a modernos ’esnifaderos’.
Los usuarios de estos auténticos nichos urbanos luchan cada día contra la muerte, a muchos de los cuales ha sorprendido en su interior, y la llegada de unas excavadoras contra las que poco pueden hacer más que arramplar con lo puesto y sus escasas pertenencias en busca de otro nido.
La dejadez municipal, a veces, y particular, muchas más, facilita las cosas a la hora de buscar un nuevo-viejo inmueble que acoja a los reyes de la miseria que vagan desde hace siete años, cuando pasó a mejor vida el gueto de La Esperanza, a lo largo y ancho de la ciudad. El último gran cobijo de indigentes, en su mayoría adictos al temible polvo blanco, es ahora el cuartel Conde Ansúrez -aún conocido por Farnesio por los nostálgicos-, un abandonado recinto militar pendiente de urbanización en el que malviven una treintena de pobres paupérrimos pendientes de las obras.
870 viviendas
El acuartelamiento, en manos privadas desde su venta por parte del Ministerio de Defensa en el 2003 y sobre el que se levantarán 870 viviendas, coge así el testigo dejado por ya míticas instalaciones del entorno como las de Autógena Martínez (derribada para levantar la Ciudad de la Comunicación), la azucarera Santa Victoria (actual parque de Las Norias), los depósitos de la estación de trenes Campo Grande (precintados hace dos años) y los alrededores de la estación de Ariza (desalojados de indigentes por la electrificación de la vía).
Toda una lista negra repleta de muertes, detenciones, sobredosis y miseria, mucha miseria, a la que ninguna administración ha sabido dar una respuesta más allá del forzado desalojo de los inquilinos a medida que iban cayendo uno tras otro las paredes de las edificaciones ocupadas.
La ruleta volvió a girar a raíz del inicio de la construcción del parque de Las Norias para ir a detenerse en la sede del Regimiento Farnesio inaugurado por Alfonso XIII en 1902 con, a buen seguro, perspectivas mucho más halagüeñas.
Una ventana abierta al público en la fachada del centenario edificio principal, que acogía una lujosa casa del oficial de mayor rango hoy destartalada, permite a una treintena de indigentes acceder a un vasto solar repleto aún de desvencijados barracones tan protegidos por la ley como abandonados en la vida real.
Las llamadas al orden realizadas por los vecinos, a través de la asociación Barrio Delicias, parecen no estar dando sus frutos por el momento y el acuartelamiento permanece tan abierto como su hermano del paseo del Arco de Ladrillo, el cuartel General Monasterio, al que también se accede por el patio.
Robos e incendios
Robos, peleas e incendios reclaman a gritos una solución que llegó, tarde pero llegó, en otros focos incluso mayores de la capital como la hoy desaparecida Finca Mínguez del camino viejo de Renedo. Aquel lujoso chalé, sustituto natural a escala del poblado de Pajarillos, llegó a convertirse en un cochambroso hotel cuyos inquilinos pagaban su alquiler a un matrimonio gitano que controlaba la entrada de estupefacientes. La presión vecinal logró su demolición en febrero del 2003.
Casi un lustro después de que la finca pasara a mejor vida -hoy se construye en su entorno viviendas del plan parcial Los Santos-Pilarica-, aquel miserable sistema parece repetirse en un cuartel de Farnesio en el que se hacinan hasta seis personas -es el caso de un grupo de inmigrantes marroquíes- en un cubículo pese a contar con decenas de metros cuadrados a su libre disposición. O no. La realidad apunta en la dirección de un nuevo hostal de miseria del que alguien está sacando tajada.
Pero el recorrido por la cara B de la ciudad abarca muchas más zonas. Y si no que se lo pregunten a los vecinos de la esquina de las calles Fidel Recio y Alonso Pesquera, un foco de consumo de droga ya desaparecido por el inicio de las obras de construcción de un apartahotel pero que estuvo en plena ebullición hasta abril del año pasado. Otro tanto les ocurre a los cansados, y con razón, inquilinos de las viviendas de los alrededor del colegio San Juan de la Cruz, en La Rondilla, situado frente al Río Hortega. La falta de acuerdo sobre su futuro hace que se mantenga vivo el flujo de indigentes que acceden a su interior gracias a los débiles barrotes de las ventanas del bajo.
La muerte de una joven toxicómana en noviembre del año pasado no evitó que el desahuciado centro escolar continuara siendo un coladero. El mismo que está en vías de volver a convertirse una de las naves del recién estrenado parque de Las Norias destinado a uso dotacional, aún por definir, y que cuenta con un boquete en la pared por el que acceden toxicómanos.
Casi nadie parece darse cuenta de lo que se cuece en el interior de estos símbolos de la miseria que ocultan la cara B de la sociedad vallisoletana. La ruleta seguirá girando, a buen seguro, hasta detenerse en el enésimo nicho.
